La lucha contra la piratería audiovisual en EE UU prevé encarcelar a quien grabe una película en el cine

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La Motion Pictures Association of America (MPAA), que agrupa a los principales estudios, calcula que combatir las copias ilegales les cuesta 3.500 millones de dólares al año.

Los detectores de metales a la entrada de los institutos estadounidenses sorprenden a ojos europeos. Pero los cacheos y registros en el acceso a los cines pronto serán tan comunes como la compra de palomitas. Y no es fruto de la paranoia tras el 11-S: California, Ohio, Michigan, Wisconsin y Pennsylvania han aprobado leyes que permiten arrestar y encarcelar a los espectadores que sean sorprendidos grabando la película que se proyecta en la sala.

Son medidas que ya se aplican en nuestro país en los restringidos pases de prensa de superproducciones como Matrix y El señor de los anillos. Los periodistas tienen que dejar fuera del cine sus grabadoras, cámaras y la nueva pesadilla de Hollywood: los teléfonos capaces de transmitir imágenes y vídeo. Las últimas medidas contra la piratería no han logrado empero que estas Navidades los vendedores aborden a los parroquianos en los bares españoles con mercancía que vuela de sus manos: el DVD de Buscando a Nemo.

La Motion Pictures Association of America (MPAA), que agrupa a los principales estudios, calcula que combatir esas copias ilegales les cuesta 3.500 millones de dólares al año. Gracias a este poderoso lobby, la Policía acudirá a los cines donde se denuncie la existencia de un espectador sospechoso de grabar la película. En Ohio, el pirata pasará seis meses en prisión y pagará una multa de 1.000 dólares; en Michigan son más cinéfilos, y podría estar entre rejas cinco años y abonar 250.000 dólares. La MPAA prevé que doce estados más aprobarán medidas similares este año.

El consumidor sólo sabe que comprar en unos grandes almacenes el DVD de Terminator 3 envuelto en celofán le cuesta 27 euros; recientes estrenos como Buscando a Nemo y Matrix Revolutions en el top manta, 3. Eso sí, nadie le garantiza que la copia sea una simple grabación desde el patio de butacas, con las siluetas de espectadores que se levantan y pasean por delante de la pantalla. En ese caso, conviene olvidarse del sonido y la imagen digital.

La piratería audiovisual es una actividad lucrativa pero cada vez más arriesgada. En noviembre de 2003, dos individuos armados asaltaron una pequeña empresa ilegal de DVD en Manhattan; la Policía abatió a uno de ellos. Pocos meses antes, cerca de allí dos hombres resultaron heridos en un almacén duplicador de discos. De acuerdo con la MPAA, cada año se localizan más de 400 laboratorios de copia, la gran mayoría en el área metropolitana de Nueva York. Miami sirve de lanzadera para toda Latinoamérica.

Voces críticas señalan que la MPAA haría mejor en vigilarse con celo policial a sí misma, en vez de prohibir el envío de DVD a los votantes a los Oscar o arremeter en los tribunales contra los informáticos que desarrollan programas para copiarlos. Un reciente estudio de los laboratorios ATT ha descubierto que el 75% de los largometrajes que pueden descargarse de Internet han sido pirateados por empleados de los propios estudios. Medidas cara a la galería, como la escolta en furgón policial de las latas de celuloide cuando viajan a los cines y los controles a la puerta de los multiplex, resultan inútiles: ya es demasiado tarde.